La locura 3

Llegó el silencio. La inapetencia. Los ojos sin abrir, derramando sutiles gotas de agua.

El agua sale, poca entra. Yo misma me sorprendo de mis lágrimas al mirarlo marchitarse.

1 de mayo número 93, ya no hay demencia manifiesta, ni movimiento, ni ojos azules abiertos.

¿Estertor? 

Ayer y hoy la luz del ocaso se paseó por su habitación acariciandole el cuerpo con su luz naranja…

Nos sostiene el humor, negro, porque así somos, así nos salvamos.

Miramos la transmisión de una vida, postrada, en vivo, ¿vivo?, silente, misterioso, amarillo, agotado, adolorido y sí, vivo.

La señora de la panadería, a quien le compró diario a las 9 am durante años, reconoció a su nieta en mí y esta mañana con miedo me pregunto por él… las dos ocultamos una lágrima después de mi respuesta. Por alguna extraña razón le fui a comprar su polvorón aunque no lo pueda comer.

Rendición, mucho de la vida es aprender a rendirse… Soltar, dejar y dejarse partir… 

La Locura 2

La luz de las 8 am filtrada por las persianas cerradas, entraba sin dibujar líneas en la vieja alfombra de tonos marrón del cuarto, habitación desde donde ya es costumbre, desde hace un año, querer huir para “ir a casa” esa casa que buscan los que están por morir. Estar en casa y querer ir a casa… Tal vez querer despertar del doble sueño.

A un costado de la cama destendida, una silla-escusado, él ahí recién cambiado de su pijama empapada y frente a él su andadera roja usada para cubrirlo con una cobija, el pudor ha sido algo que ni la demencia ha hecho desvanecer… a la mano su campana, siempre la campana salva vidas, a escaso metro y medio yo sentada en su reposet con las piernas recogidas en mi pecho, mirándolo sumida en el silencio más respirado, observándolo, preguntándome otra vez qué habitara el interior de aquel hombre que cada vez siento más lejos, que amanece particularmente apagado hoy. Mira de frente pero no mira nada que yo pueda ver, sus ojos azules acompañan su pensamiento perdiéndose en cualquier cosa, sin hacer un solo ruido lo miro, baja la mirada, baja el rostro totalmente envejecido, delgado y vuelve la expresión de tristeza, mis cejas se levantan, se escapa una lágrima por mi ojo derecho sin preguntarme si quiera, otra por mi ojo izquierdo.

La luz tenue filtrada por la persiana, la televisión sonando una vieja canción clásica, el alma azul en otro episodio de extravío, su mano derecha torpemente jalando la campana y, aunque estoy a la vista, su gran esfuerzo por tocarla para avisarme que ha terminado, estiro las piernas para que me vea pero no la deja de hacer sonar con intensidad hasta que estoy de pie frente a él “aquí estoy abue” … “Ya terminé” me mira y yo no puedo saber a ciencia cierta si sabe a quién tiene en frente, pero confía.

Ya terminé… Pero no, no ha terminado.

Ola nocturna

El océano tornó cenizas.

Se vació, quedó sin sonrisas. 

El agua turbia mató los puentes, las palabras, subió niveles, ahogó la tierra que un día fue fértil.

Siempre habitó con frecuencia el silencio, hoy se levanta como asesina ola nocturna,

Increíble, en pleno mar abierto, frente al pedazo de madera frágil que soy.

Perdida, rota, empapada en llanto, empapada, en blanco.

Transito en el mundo… Sin que nadie se de cuenta que habito en una esfera de noche perpetua sin horizontes, convulsionando la superficie del mar abierto, ese, el que es mecido por las corrientes de dolor más profundo.

V.

seis

El 24 (6) de dic. tomé un autobús y me fui al aeropuerto de la Ciudad de México. Ese día, después de 6 años iba a ver a una amiga que valía por dos.

Ahí estaba yo, en la puerta de llegadas internacionales de la T2, entre otras 60 personas, mirando como se cerraban y se abrían las puertas automáticas que separan a los que libran el semáforo de migración y los que estamos con los brazos puestos para abrazar a esos mismos. Las puertas se abren, se cierran, mi estómago se comprime, mi mente invariablemente comienza a hacer recuentos, imágenes, risas, lágrimas, inmensas distancias, años que atraviesan, silencios largos, en un momento siempre duda “¡¿y si no la reconozco?!” casi siempre tengo el tino de no llevar mis lentes y claro, psicologicamente siento que los necesito más, entre tanto las puertas se abren, se cierran, gente sale con maletas, se abrazan “¡papá!” y el papá helado, norteños, japoneses, españoles comenzaron a circular y me puse más ansiosa, de ahí venía el Aeroméxico que esperaba. Esta noche buena y sí que iba a ser buena.

No me di cuenta que hacía 6 años cuando nos despedimos por última vez también llevaba en la cabeza un pañuelo, entonces rojo, anoche amarillo; la puerta se abrió y por fin nos vimos, siempre me tranquilizo, la cara se me llena de sonrisa y los ojos se me hacen chiquitos, me pongo tonta…

En el 2006 inicié una familia totalmente nueva, rara, completamente multi cultural, llena de sonidos, sabores y pensamientos bien distintos, es la familia más heterogenea que tendré jamás, mi corazón se hizo más ancho y cuando, años después, la vida se llenó de despedidas cada persona se llevó un pedazo de esa anchura y cuando los planetas se alinean en un 6 tomo una bocanada de ese pedazo de corazón que soy yo y me quedo medio flotando, agradecida, sensible… Algunos pedazos hablan argentino (como mi Dra. Bracho que es un poco mi rinconcito para recordarl@s), otros hablaban español de España, y con esos dos pedazos convertido en uno solo coincidió mi planeta anoche, una noche de comer queso, pedir ensalada y tomar vino, en una habitación de hotel, la 1122 (6), mientras se preparaba el siguiente avión que ella tenía que tomar.

Seis horas frente a frente, como viejas amigas de 40 años en pijamada con almohadas en las piernas, escuchando nuestras historias viajamos a Madrid, Cholula, Mendoza, Santa Fé, Italia, Buenos Aires y Tokio.

Me quedo pensando, o mejor dicho sintiendo, el tiempo que pasamos en la distancia fue mucho más largo que el tiempo que duró la presencia física, los encuentros que la vida nos regaló, las comidas, las guitarras, las charlas, las carcajadas por su puesto, las historias, los escritos, las madrugadas. Compartimos los dolores más profundos en la impotencia de esa distancia marcada por un océano, donde acompañar se vuelve difícil, donde cada quién lloró en su continente el mismo dolor, mi gato se acuerda de mi en ese piso helado con una computadora enfrente llorando como una niña chiquita sintiendo que se me caía el corazón… uno de sus pedazos se había ido para siempre. Y la única persona que me lo podía devolver, me lo trajo ayer, fue un 2×1.

Agradezco… primero la vida como lo que es: un cúmulo de encuentros que no son más que regalos enormes, agradezco viajar y espero no parar de hacerlo jamás, porque cada viaje es una ventana donde el amor se hace más grande y el corazón más ancho; agradezco vivir un poco en muchos “allá´s” y conmigo aquí, porque por cada persona que me ama por lo que soy y se despide de mi con un abrazo, una sonrisa y los ojos brillantes mi amor abarca más espacio; agradezco haber podido dar el abrazo que necesitaba dar hace mucho, poder mirar a los ojos a Tere y acompañarla una noche y reírnos, porque hay risas que son tan solo del gusto…

Agradezco la gente…
agradezco al 2016.

V.

La locura, 1.

Tengo gente que amo que le tiene miedo a la locura, antes, hace meses no entendía en realidad. Lo miraba como algo lejano, con ternura. Aún cuando por segundos he probado la mía y no es agradable la sensación, la locura neurológica, no la neurótica, ni la histérica… hay de locuras a locuras.

Hoy, navegando en el mar crispadísimo de la impermanente vida me queda claro el miedo aquel, hoy, lo veo claramente reflejado en los poros de mi piel cuando un sillón de piel rechina, cuando en la madrugada camino un pasillo y está el sonido de un tanque de oxígeno y la latente imagen de un cuerpo queriendo escapar de su cama, cuando un par de ojos azules me miran detrás de unos anteojos y me preguntan por enésima vez ¿cómo me encontraste? ¿qué hacemos aquí? ¿cómo llegué? y en consecuencia, ya hoy, mi garganta se cierra, mi pecho se aprieta, mi voz no encuentra ya ninguna respuesta. Ninguna.

Esta mañana, caminando hacia el trabajo pensaba mi lúcida mente, ¿por qué la locura es mala?,  ¿acaso la realidad no es totalmente relativa? ¿por qué la locura de un hombre puede ser mala o fuente de sufrimiento? ¿no puede un demente ser feliz? y entonces entendí que el sufrimiento de la locura es la soledad insondable, la condena a la incomprensión. Porque es imposible acompañar y ser acompañado desde ahí, bueno… Hoy, en éste número 1, eso siento, ¿cómo poder acompañar a alguien que vive en un eterno y necio loop, que parece no comprender los factores de realidad que hoy lo determinan, que sigue intentando hacer cosas que no puede ni podrá, es más, que cada día le resultarán más imposibles, cómo acompañar a alguien que no quiere estar aquí pero que no se va? Hay momentos, en que sorpresivamente mientras miramos la televisión sorprende un “¡¿viste cómo paró ese balón?!” y efectivamente había balón y realmente acababa de ser detenido y entonces algo alivia el ambiente… por unos minutos.

Hoy me cuestiono todo, el cómo y para qué vivir si el final es un camino sin salida, una calle oscura, un sinsentido. Me da vértigo infinito. Mi corazón se rompe.

…V.

 

Dra. Bracho

Aarón en urgencias, y al final siempre me pasa que dudo si se llamaban así. Sí, sí se llamaba así Aaron Israel… había perdido hace poco casi todos los dedos de un pie después de haberse electrocutado y ésta vez entraba a urgencias, otra vez, al parecer con una quemadura (hasta donde entendí, no era tanto mi asunto el diagnóstico) pero sobre todo con una sobre dosis de miedo que chorreaba por el piso velozmente y se propagaba por toda la sala. “No me quiero quedar” fue básicamente el grito que inundó el ambiente una y otra vez, entre sollozos, mientras cerca de 5 doctores y enfermeras intentaban contenerlo para poder canalizarlo, sacarle muestras de sangre…

Yo trabajaba sigilosamente con una niña de una de las camas cercanas, hasta que los gritos no me dejaron trabajar más y al contrario de lo que se podría predecir, en vez de alejarme me acerqué, pero no a su cama –era demasiada la gente y un tanto impactante su casi desnudez y su cuerpo peleando- me acerqué más bien a la cama que estaba a metro y medio donde estaba una bebé de meses con una madre intentando, con todas sus fuerzas, hacer como que no pasaba nada, me puse en medio y cerré la cortina, que sirve para ocultar la imagen pero que nada hace con los sonidos y la energía, sostuve la cortina cerrada dándole la espalda al adolescente en shock y amortiguando esto para la bebé, sosteniéndole la mirada y respirando con ella quien claramente se afianzaba en mis ojos para no abandonarse al audio.

A los pocos minutos, tal vez… el tiempo en el hospital tiene la facultad de no ser medible, llegaron mis dos compañeras, Porras y Pokita a acompañarme con la bebé, justo antes de eso la madre del adolescente me había pedido permiso para pasar pues la situación con su hijo la rebasó y las enfermeras y la doctora le pidieron que abandonara el área, el niño se quedaba cada vez más solo, gritaba que en esa vena no porque le dolía, hasta la tercera vez que gritó esto, se escuchó a una doctora darle un acuse de recibo y acceder a pinchar otra vía y yo hacía como que estaba con la bebé mientras sentía por completo el miedo y mi pecho apretado por todo aquel caos, no había un momento de silencio, todo era grito, dolor, miedo, desesperación, impotencia, ruegos. En un momento simplemente mi cuerpo giró y me coloqué del otro lado de la cortina. Frente a esa situación… ahí estaba entonces, 5 doctores y enfermeras, 1 doctora tendida sobre el pecho del adolescente quien se resistía a la canalización, la típica escena de la enfermera inclinada por completo en el brazo y la aguja y la sangre y el temple y los lentes y la tensión, junto a ésta otra jalando el brazo del joven y junto a sus apaleadas piernas otras tres personas, doctores, enfermeras. Todos, a los gritos intentando… Con mis dos brazos levanté el tuvo metálico vertical que sostiene los sueros que aún no estaban conectados a su cuerpo y los hice a un costado liberándome el paso hacia su rostro empapado, toda su nariz pequeña y respingada estaba llena de puntos de agua, sus lágrimas hacían caminos hacia sus orejas y sus mejillas y charcos entre los ojos y la nariz, su cejas empapadas… Miré a la doctora que lo tacleaba y le pregunté con la mayor calma posible ¿cómo se llama? Esto y la nariz roja en mi rostro, contrastaron con el ambiente tanto que la doctora me miró como si fuera una aparición y no acertó contestarme, sacudió la cabeza, ella misma se sacudía por la fuerza del chico, y entonces lo miró y le preguntó en voz suficientemente alta ¿oye, cómo te llamas? ¡mira! ¿cómo te llamas? El chico no contestó y repetía gritando como mantra “tengo miedo no me quiero quedar no me pongan nada” Miré a la doctora intentando pedirle en silencio que no insistiera y estiré mi brazo derecho y metí mis dedos entre su cabello lacio y empapado y repetí la acción una y otra vez, me incliné un poco y entonces en algún momento me dijo “tengo miedo” entonces una voz que resultó ser la mía le dijo “es normal, intenta respirar, ¿cómo te llamas?” Inhaló y me enterneció enormemente la respuesta doble: Aarón Israel (si hubiera sido otro tipo de paciente le hubiera preguntado qué nombre prefería, pero la situación seguía siendo crítica). Ok Aarón, trata de tranquilizarte vale? Mis dedos seguían en su cabeza. No me quiero quedar, de pronto empezó a bajar la voz y dejó de gritar, la enfermera terminó de canalizarlo, había logrado ya sacar las muestras de sangre, él seguía llorando mucho y su cuerpo seguía tenso… me costó mucho trabajo no seguir acordándome de mi en esa situación cuando miré su mandíbula tiritando y los dientes chocando del frío… entonces puse mi mano en su pecho y le dije, tienes frío Aarón, calma, calma, respira hermoso, vale? No me quiero quedar, tengo mucho miedo. Es normal, estar en un hospital no es muy lindo. Tengo miedo por todo lo que pasó la última vez… Y ahí para mi fue muy claro que tenía que seguir cruzando más umbrales propios, así que lo miré, cómo a cada palabra se tranquilizaba un mililitro más y decidí entrar…: Cuéntame ¿qué te pasó? Me caí de un segundo piso, mi hermana se subió a la azotea y voló el balón y la vez pasada que estuve en el hospital me cortaron los dedos de un pie, por esto tengo miedo de que me dejen aquí. La historia me la contó con más detalle y yo sólo lo escuchaba mientras lo acariciaba, el frío se fue, no su llanto, su miedo tampoco. Aquello que te pasó, ya pasó, esta vez es distinta y no tiene que repetirse, es normal que tengas miedo, pero si intentas respirar tal vez sea un poco más fácil vale? Toca esperar, tienen que revisarte. Necesito ver a mi hermana porque va a pensar que ella tiene la culpa de que me caí… Tan hermoso, no pude evitar esbozar una sonrisa de infinita ternura y sólo hacer un ruidito de asentimiento. Mh, Aarón, piensa que tu hermana vendrá a verte y si tú estás más tranquilo vas a poder tranquilizarla a ella y podrán hablar entonces. No fue lo que le dije, fue él haber hablado lo que liberó un poco su pecho e hizo que pudiera apoyar su cabeza en la almohada, ahí me di cuenta que los doctores y enfermeras se habían ido y nos habían dejado a solas por unos momentos. Lo cubrí con esa bata azul-blanca hasta los hombros y nos quedamos en silencio un ratito, pequeñito… La Dra Pokita ya me acompañaba y me preguntó si le echaba polvos de tranquilidad, le pedí que lo hiciera, hizo sonar sus cascabeles junto al oído izquierdo de Aarón y al minuto, cuando estaba tranquilo me despedí de él.

Hasta ese momento abrió los ojos y subió la mirada y en esos 2 segundos en que nos miramos hubo un mínimo gesto de sorpresa al ver que esa voz todo ese tiempo había salido de un payaso.

Dos aves al viento

Volar…

Si tan sólo uno pudiera aterrizar en el césped un momento, parar, bajar, descansar las alas. Y no.

Volar fue obligado, no había margen, opción, alternativas, pero las aves no tienen manos, ni siquiera dedos para poder sujetarse la una a la otra al costado y volar pegadas es un atentado al verbo, un suicidio, una condena a la caida libre…

Planear en el viento tormentoso requiere de las dos alas, de las cuatro… y no es posible.

El corazón palpita hoy con tanta rabia y fuerza y el viento (porque se sigue volando) sacude las lágrimas hacia atrás, y no hay dedos ni manos que puedan secarlas, las ha de secar el recorrido, como ha secado el alma, como ha secado el espacio aquel en donde esas dos aves esplendorosas se acompañaron un instante en pleno vuelo, luminoso, eterno, placentero, infinito.

El vuelo aquel, fugaz, creció tan salvaje como si dos sicomoros en su totalidad hubieran alcanzado su altura en 15 segundos… Imposible igualmente, la explosión en la cima arrancó las raíces tan dolorosamente en un grito de placer y de muerte.

No se trataba de intentar controlar el viento… No era controlar el vuelo de la acompañante contigua… No era dejar de mirar adelante, ni mirar al costado para cambiar el vuelo de la otra, ni siquiera era necesario hablar, NO ERA, NO NO ERA NO ERA NO…

La caída libre… El escándalo del viento… El aturdimiento y el dolor, el miedo… a la pérdida de ti… a mi perdiéndome de mi…

Una ave… en la noche no vuela… hasta que no tiene más alternativa que encontrar casa… re encontrar su refugio…

V.