Una golpe de cascada helada me sorprendió, una cascada tan potente como profunda, como del pecho.
El caudal contenido y furioso encontró una mínima grieta y cuando empezó a chorrear rompió todo y no me quedó más que mirar mi pecho llorar, la casa se vació, se hizo el silencio y mi estúpido corazón tardó casi dos docenas de días para poder explicarme el por qué de su huida.
Me dibujó escenas detrás de un portón negro, me esculpió escaleras y de pronto latió tanto que, casi saliéndoseme del pecho me aventó aquella imagen de patio de noche con mis brazos ocupados y mi corazón sorprendido por volver a sentir un verdadero motor, un instante… de ternura, como si por un hueco un dedo hubiera derrumbado todas las murallas y con una minúscula punta hubiera tocádolo, a él, a mi corazón, suave y delicadamente. Un instante. Un parpadeo. Los ojos mojados, el pecho hundido, revivido y mi mirada transparente como hace años no, como hace noches no… agradecida.
Esta noche no se si seguir llorando con este dolor o mirar el agradecimiento por ese instante, obsequio, pequeña brisa llena de fe, de sorpresa, de presente y sonrisa y mirada y parpadeo lento. Solté luego el timón confiando, festejé anticipadamente la llegada a casa y, como supongo es normal, empezó a derrumbarse y sentí mi imagen confundida con muñecas y sentí mi mirada invisible ante satisfacciones y otra vez soledad… otra vez esa que hace nudos y duele y aterra y asfixia, esa que me quebró en un instante, otro instante, o dos, y mi huida fue tal que mientras me daba vuelta rompiéndolo todo, con un trapo grueso tapé con cuidado el hueco de aquel dedo que no volví a sentir, tal vez porque no lo dejé, tal vez por que estaba entretenido con otras cosas.
Esta noche de tormenta sin nubes ni estrellas, sin quererlo, me topé de frente con el frío de la pared en mi pecho, una pared cansada hecha de ladrillos de miedo, ahí está, dentro mío como una niña que teme a la obscuridad. Me doblé de dolor al ver tan de tajo mi fractura, una sola grieta bastó para no poder parar, para convertir el blanco en rojo, para inflamar los párpados y dejar ganas de una llamada.
Pero ya no hago llamadas para solo llorar.