Manejando despacio sobre la terracería, ya sin el sol del día, con las luces bajas del auto, alcancé a vislumbrar, al costado del polvoso camino, una sombra… mediana y cuadrúpeda que miraba con atención y sin miedo mi auto aproximándose y me vino de golpe esta frase “este es el camino de los solitarios”. Sin dejar de avanzar miré aquel animalito y, como siempre, no pude evitar sentir la pena diaria de todos esos que caminan por ahí, con dueños de conveniencia que sólo proveen alimentos, que solo dan lo necesario.
Y después otro pensamiento vino a mi mente y era algo así como “la ventaja de los solitarios es que podemos acompañarnos” y fue como si mi otro yo, le preguntara a este ¿de qué diablos estaba hablando…? y con un largo silencio, que estoy rompiendo con este sonido de teclado, intenta contestar.
Alguna vez escuché de un buen maestro decir que soledad era una palabra malentendida, que soledad es la edad del sol, es algo así como el estado en el que la plenitud existe dentro y no fuera, donde se abre la puerta al auto conocimiento y al bienestar, a mi su definición me alentó y me hizo feliz pero con el paso del tiempo la he ido llenando de imágenes que varían de color… Para mi el solitario es aquel que camina despacio, con ojos abiertos y una minúscula sonrisa, que tiene la capacidad de guardar silencio y permanecer así, como quien se mete en una ardua y concentrada labor de horas, esta persona que está tan bien en una fiesta como en su casa en compañía solo de música. Yo no tengo mucha práctica en esto, todavía la ansiedad me inunda y me traiciona, a veces mi silencio no es más que una cadena perpetua de pensamientos perdidos y sin sentido, a veces es una perfecta máquina del tiempo que viaja al pasado casi siempre. Sin embargo hay algo en mi corazón que se solidifica de a poco, que aprendo a contener con mi respiración, contener, alimentar, sostener y cuidar… cuidar, creo que tiene que ver justo con esa palabra mágica, cuidar-me.
Soy como equilibrista que con mucho miedo sostiene firme la horizontal en las manos, para poder seguir dando los pasos sobre esta cuerda floja que es la vida… y entonces me viene una sonrisa agradecida, por este momento que me vino hoy. La ternura se encuentra en los rincones menos pensados y uno nunca sabe quién está mirando, creo que lo único que se necesita es levantar la vista, dejar de mirar la cuerda floja y abrir, abrir, abrir… mirar… agradecer y al final, soltar la horizontal confiando que después de tantos años recorriendo los mismos pasos uno ya se sabe sostener, soltarla, liberar las manos únicamente con el fin de tenerlos libres para abrazar… y respirar… y respirar… y mirar… y decir… y soltar… y observar… y agradecer.
Siempre, agradecer.
V.