Sobre el viento un hada vuela, sin alas, ni brillos, un hada con humana facha, una mujer vestida de negro con ojos cerrados y ligera sin maletas, sin encargos, sin afanes, sin amores.
Sobre el viento roza los tejados de techos de noche, de ventanas iluminadas, de murmullos ajenos entre paredes blancas, tapiadas… ella canta sus secretos en cifrados siseos y el pueblo bajo su viaje los confunde con grillos y ranas, con borrachos nocturnos y llantos solitarios de vecinas deprimidas.
Entre sus blancas y grandes manos: algo pequeño y rojo, entre los párpados entrecerrados: levísimas lágrimas agotadas, entre sus cabellos: cadáveres de sueños, en su respirar: deseos, en su pecho cerrado: amor… irremediablemente.
Hada humana emprendiendo fuga de noche, con su única testigo la Luna, amarilla e incompleta, afanosa de seguirla prometieron vida juntas, desde las primeras lágrimas en un parque hacía tantos años, hasta este inesperado vuelo… y los que seguirán.
Quema de cartas, como si buques fueran, cenizas que el viento se lleva volviendo minúsculas estrellas, puntos en la noche, incandescentes en la ya eterna lejanía total. Vuelo nocturno, no hay pies, ni piernas, ni miradas, ni aviones, solo un cielo en blanco y la luna, siempre la luna.
Al destino lo dibujará el viento, la dirección también indicará él; de noche se trazarán los mapas, de día hablará el silencio, el esfuerzo de la alegría de una hada rota que vestida de gente disimula impecablemente, que encuentra consuelo en mirar a los ojos extraños, que siente abrazos con las sonrisas de ajenos corazones, que grita en silencio por un doctor que no existe, que se llama tiempo, que se llama paciencia, coraje.
Una hada negra, flotando en el aire, esperando con paciente talante huracanes en el rincón recóndito de su memoria, de su traicionera y enemiga memoria que le regala lloviznas de cuadros ahora tortuosos, que azotan las ventanas del miedo, miedo que ya no existe hacia atrás, sino adelante. Y ¡el viento…! ¡amoroso viento! que ha de llevarse las nubes y hacer que el calor y la luz sequen todo, y encuentren a la mujer, tumbada en medio de un cuarto vacío y blanco y sola abra los ojos, sola, de blanco también, sola mirando con ojos abiertos, sola con pecho confiado de nuevo, sola y sin memoria, solo con las estrellas… y la luna.
…Mañana, tal vez mañana.
V.