Un tanto helada por una foto que, de no ser por estos tiemos, nunca jamás hubiera visto.
“Estos tiempos” es precísamente la dualidad polémica que rodea nuestra cotidianidad. Llevo días con un pellizco en el pecho, de imaginar momentos que ocurrieron el pasado viernes en una isla lejanísima al pedazo de tierra que me toca habitar, sin embargo, he sido testigo mudo y lejano de como la inquietud de la tierra, sin darse mucha molestia ni cuenta, en tan solo unos minutos arrasó con vidas, seguridades, amores, estabilidades económicas, familias, apetitos, bienestares físicos, sonrisas… ambientes saludables, mascotas, cotidianidades aseguradas… después de todo, todos estamos seguros de tener eso, eso al menos, una cotidianidad asegurada, somos graciosos.
No puedo evitar que todo esto me lleve a varias cosas, la primera una pregunta: ¿qué es lo que, a pesar de que ocurra cualquier cosa, vale la pena tener por seguro? ¿qué no se puede llevar un tsunami, qué no puede quedar atrapado bajo los escombros del departamento en el que vivo? ¿qué no se puede quemar con la explosión o ser afectado por la radiación? las respuestas trilladas ya las he descartado; me parece que de ocurrirnos una cosa así, tal vez, lo primero sería arrepentirnos de la cantidad de tiempo que gastamos en pendejadas (y perdón la sutileza no es mucho lo mío) y en necedades, propias de nuestra viciada personalidad, la típica de “¿por qué no le dije?¿por qué me dio miedo?¿por qué no di ese beso?”.
La respuesta en palabras no la tengo, pero creo firmemente que esto es un comienzo, un punto de partida, o el final, o todo junto, como quiera que sea aprovechemos para pensar y accionar, para revisar nuestros hábitos que puedan perjudicar a un mundo que grita que se nos viene encima.
La foto que vi no fue del tsunami, ni del movimiento telúrico, la foto que vi fue de un amigo de mi corazón que vive lejos y que por la distancia hace ya años que no lo veo, que con un dolor indescriptible pase en la distancia un accidente que tuvo y que le costó su estilo de vida, le costó volver a conocerse, le costó aceptarse, lo vi en la foto, igual pero diferente, me dio gusto, ternura, la foto tenía fecha y hora, fue ayer, mientras yo despertaba, si no calculo mal por la diferencia horaria, ahí estaba él, del brazo de una señora, mirando a cámara con una sonrisa pequeñita, gordito (no lo era), y le pude ver en la expresión los años que no nos hemos visto. Tuve una extraña sensación, yo despertando, Felice viviendo, y en este momento mientras tecleo, tú también vives, respiras, sientes, tú y otros millones de personas, el planeta palpita, y en mis manos está el aportar algo positivo o algo negativo, en mi está el hacer sonreir a un desconocido o provocarle que quiera mentarme la madre por mi actitud.
Si yo amo a Felice después de años sin verlo, por qué no amar al viejito del coche de enfrente que maneja desesperantemente despacio… como mi abuelo, a la quinceañera que maneja maquillándose inconciente… como mi prima… Si yo me amo a mi, por qué no a ti, y a ellos… eso, ¿se lo lleva un tsunami?
V.
TONY
15 marzo 2011 at 19:08
ESTOY ABSOLUTAMENTE SUGURA QUE SI TODOS REFLEXIONARAMOS CADA VEZ QUE SUCEDE UNA TRAGEDIA, EL MUNDO MEJORARIA DIA A DIA, LA GRAN LECCION QUE ME DEJAS, UNA VEZ MAS, ES QUE AUTENTICAMENTE HARE ME CORTE DE CAJA DIARIO, CON MAS CUIDADO PARA ASEGURARME QUE AL MENOS LO QUE ESTE EN MIS MANOS NUNCA SE LO LLEVE UN TSUNAMI.
TE QUIERO MUCHO
Alma Oliva González
16 marzo 2011 at 17:54
Hermosa reflexión Vane. Lo verdaderamente importante, lo trascendente jamás se lo llevará un Tsunami o quedará entre los escombros de un terremoto. Ojala todos aprendamos de esta experiencia para recordar nuestra misión y esencia en la vida: El amor. Un abrazo
vanessa
17 marzo 2011 at 13:34
Alma, qué lindo llerte. Muchas gracias