“no voy a contarle mi tristeza a a quien la causa…”
Eso dije hace tiempo (no tanto), y es que es complicado.
Nosotros los humanos, a cierta edad empezamos a cargar el corazón entre las manos, ya no en el pecho, extraño comportamiento, extraño lugar, supongo que es el miedo, cargamos, con las dos manos palmas arriba unidas por los costados, un cascarón rojo intenso, si te fijaras bien te darías cuenta que está todo craquelado, pero sigue latiendo. Lo cargamos así, según esto con mucho cuidado, estúpidamente, caminamos por calles empedradas y medio obscuras con las cejas levantadas y expresión de quien pasó un susto tremendo hace hora y media, el error, creo, a esta altura de mi caminata (ya empieza a amanecer) es que caminamos con las manos ocupadas y mirando el contenido (desubicado) de nuestras manos, cuando debiéramos ponerlo en su lugar y confiar en que ahí, en ese cuenco en el pecho, podrá sanar solo, sin que lo estemos mirando, dejarlo ahí para dejar libres los brazos, las manos, los dedos, pero sobre todo la mirada, los ojos… el alma.
Las calles no dejarán de ser empedradas u obscuras por traer cargando el corazón en el pecho, por más roto y asustado que esté… Tendríamos que dedicarle solo una miradita, examinación rápida de juez ligero, veredicto: “sobrevivirá, todos los corazones lo hacen!”, respirar profundo y sacar el mapa que un día tiramos por tener las manos ocupadas en la cintura de alguien. Yo sigo diciendo que el problema es el “mi” ponerle gafetes con posesivos a la gente lo arruina todo, hacemos como si nos hubiéramos comprado un perro y entonces no nos dejamos salir de casa porque hay que cuidarlo y obviamente, tampoco lo dejamos salir, no se nos vaya a perder, a quién no le han robado un perro…
Yo no tenía miedo, al menos no tanto, siempre he preferido aventarme de los aviones (a veces sin saber si mi paracaídas abrirá), siempre he optado por el vuelo libre a sólo ver el paisaje desde arriba, donde no puedo olerlo, donde no podría probarlo, siempre, cuando caigo al suelo, el golpe duele y extraño esos olores, sí, los tuyos, y esos sabores… sí… los tuyos, curiosamente el golpe me llena de dos emociones por igual: coraje, tristeza = apego/no entender. Y entonces te odio pero te amo más que nunca…
Que ¿qué hago? ¿ahora? grito en silencio (como otras veces), muero en la impotencia de querer ahorcarte con mi ternura, ahogarte con mis besos, acribillarte con mis miradas, esas. Y… con todo cuidado, tooodo cuidado, acerco mis palmas a mi pecho todavía sangrado y le busco la cuadratura al triángulo para poder embonarlo de nuevo, digo, ¡si ahí estaba!, tendría que volver a caber… de todos modos pareciera más pequeño, un poquito más pequeño… Pero se lo achaco a que lo he repartido por este continente, sí, no solo ha sido tuyo, he estado entregando pedacitos a mucha gente y, espero ahí los vayan guardando, en alguna cajita.
¿El corazón es como dicen que es el hígado? ¿que se regenera? ¿sí era el hígado? ¿sí era el corazón? Entre las manos, mojado, ah sí, es que estaba en el lugar equivocado…
V.
Sofía
24 octubre 2010 at 22:33
I like this
Sofía
2 noviembre 2010 at 22:27
ya escribe mas!! no trabajes tanto